Crónica de un día con Licenciado

Fue hace algo así como tres semanas, el 14 de enero de 2012, cuando mi compañera de viaje y yo detuvimos el reloj para atracar en lo que creíamos que iba a ser y fue una cita inolvidable. Allá por 2007, y en la misma Sevilla, pero en otro local, y para rememorar su época de alumno aventajado con su antiguo y regio grupo, nos encontramos las caras por última vez. Ha pasado tiempo, mucho o poco dependiendo para quién, pero suficiente para que el alumno se convierta en todo un licenciado y ahora nos muestra todo su repertorio.
Llegamos a la cita con suficiente antelación como para aguardar la necesaria e insufrible lista de espera que el evento iba a recibir, contados en miles.
Nos invitaron a pasar y una vez dentro, acomódense y refrigeren sus gargantas con lo que puedan o quieran porque la noche demandará subir el tono de llamada. Nos esperaban dos horas por delante de rock latino que comenzaron diez minutos después de la hora prevista y acabaron otros tantos de la programada.
Los focos nos indicaron el comienzo de la obra con luces azulonas y presencia sencilla pero formal. La música se hizo presente al instante y un acordeón llegó a nuestros odios, era “El mar, el cielo y tú”. La banda nos dio la bienvenida con el tema instrumental que abre el motivo de nuestro encuentro, el álbum “Licenciado Cantinas”. Dos minutos y algo más de medio para saborear un runrún que sabe a banda sonora, que hace que te despistes y no sepas que estás ante una grandiosa banda de rock.

Es en este momento, en el instante en el que se entrelazan las dos primeras composiciones, y suenan los primeros acordes de “Llévame” es cuando se hace presente el protagonista de la convocatoria. Enrique Bunbury irrumpió en el estrado como un huracán para paliar los ecos y veneraciones de los allí presentes. Sus movimientos, sus bailes, sus gestos, su estilo, su acento de no se sabe dónde y su voz inimitables aparecieron y se hicieron patentes con tan solo unos segundos de presencia.
Sus primeras palabras fuera de las canciones fueron para saludar y dar las gracias, cortesía y elegancia  a la vez que dedicaba y se solidarizaba con los tiempos que corren, -tiempos de tristeza infinita-.  El tiempo de las cerezas” y “El solitario (Diario de un borracho)” evidencian su dedicatoria. Después se cargó con la acústica para la bárbara “La señorita hermafrodita” y con el punteo del bajo vino el clamor con “El extranjero”.


Aquí un inciso para uno de los momentos claves de la noche, Bunbury hizo sonar “Ódiame”, el espectacular, pegadizo e incluso bailable single de Licenciado Cantinas que hizo cantar hasta la última garganta del pabellón San Pablo.

Enrique continuó con el espectáculo dando un repaso a su carrera en solitario, desde Radical Sonora (1997) con una asombrosa versión de “Big-Bang” que sonó magnífica, hasta Las Consecuencias (2010), pasando por Flamingos (2002), tiempos de Freak Shows, Viajes a ninguna parte…
No faltaron clásicos como “Infinito” o “Que tengas suertecita” los cuales nos hicieron cantar y disfrutar del tiempo y el proceso de la música variada del zaragozano. Pero no todo serán flores y estrellas; echamos de menos algún otro clásico como “Lady Blue”, “Doscientos huesos…”,Alicia…”,Los restos del naufragio”, etc. Aunque seamos sinceros, y no queramos pedir desmesuradas muestras de su amplia gama. Estamos ante un artista que cuenta en su haber con demasiadas entregas buenas y más de 20 años fabricando himnos como para resumirlas en dos simples horas. Esta vez nos tocaba escuchar acordeones  y percusiones panamericanas, otra vez fueron trompetas, saxofones y trombones, pero siempre Bunbury. Aprovecho estos letras para una sugerencia, que bonito sería escucharlo en acústico, sin banda, con canciones más lentas y un gran teatro, él, guitarra y nada más.
Qué decir del motor que lleva detrás Bunbury, llamados a sí mismos “Los Santos inocentes”, nombre que les viene como anillo al dedo esta vez ya que debe ser una inocentada que una banda de rock como ésta, sea capaz de disfrazarse y mostrar una cara tan distinta y que nos siga sonando igual de bien. Pues no, parece que no es una broma, la polifacética banda tiene cuerda y recorrido, sabe adaptarse a las oleadas de un huracán como Enrique y lo que es más significativo, dejar el instrumental a un nivel estratosférico.
Otro de los momentos para remarcar, el más atronador y más jaleado por el respetable, piano al aire, “” se hizo presente en los oídos y con ella una ovación de altos decibelios que hizo temblar los cimientos. “¡Ante la duda todo fue un sí!”

-Agárrense fuerte- pronunció casi sin micro aunque lo escucháramos en todo el recinto para introducir la más latina, la más sudamericana, la más ranchera, la más cantina de todas “Animas, que no amanezca” y la respuesta fue más juerguista que nunca. El acordeón regresó levantando a los pocos que aguantaron sentados y los vítores sonaron a despedida, aunque vino más.
También hubo susurros al oído, y por varias veces, el disco “Las consecuencias” lo exige de hecho. Hasta tres veces pudimos recordar el que para algunos es el de los mejores discos del cantante aragonés. “Los Habitantes”, “Nunca se convence del todo a nadie” y en mayúsculas, “De todo el mundo” fue sencillamente extraordinario.
El final de una cita de tal calibre no es de buen gusto para nadie, no hubo ni uno solo que no se quedara con ganas de más, pero si no fuese así no estaríamos hablando de Enrique Ortiz de Landázuri Izardui, ni de lo que es capaz de hacer este artista. “…Y al final” fue el tema elegido para ello, como está siendo costumbre es esta gira, el majestuoso vals que hace que todos sintamos un pellizco de despedida y solemnidad sublime.


Nos marchamos del pabellón escuchando “Stand by me” de Ben E. King versionada por John Lennon, como colofón final; pues no sólo no nos quedaremos con el concierto y con el maestro ya licenciado, sino que no dudaremos en volver.
Así transcurrió un día con Enrique Bunbury, así transcurrió un día con Licenciado Cantinas, hasta la próxima.

Carlos Lucena Llamas, para AllRockAndPop.


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